Belén Romero Gunset por Alejo Ponce de León

(Este texto forma parte del catálogo de obra realizado en 2019 por Espacio Tucumán https://issuu.com/espaciotucuman/docs/belenromerogunset_web)

La teoría foucaultiana establece que el poder no solo somete al sujeto sino que lo moldea, define la “trayectoria de su deseo”. Subordinarse al poder es, al mismo tiempo y en un sentido trágico, convertirse en sujeto. Ese poder, que en principio pareciera ser ejercido sobre nosotros por entidades externas, acaba convirtiéndose en la realidad interior que conforma nuestra identidad. El corazón de esta ambivalencia permanece inexplorado; la imagen psíquica del poder, envuelta en una densa bruma.

A través de su arte, Belén Romero Gunset pareciera preguntarse cómo sustituir la imagen psíquica que ese poder imprimió sobre nuestras conciencias por otro tipo de imagen, una más abstracta, autónoma, liberadora.

Hijo en partes iguales de la ética de Spinoza, de las complejas negociaciones que la filosofía luciferina mantiene con el esoterismo y lo secular y del mercado espiritual de la auto-ayuda, el sistema de Romero Gunset incluye diversos mecanismos de acción y purga orientados a provocar un quiebre en el proceso de subjetivación.

El desarrollo temprano de un universo retórico que incluía ideas y conceptos como “Pan duro” (el nombre de su dúo performático en tándem con Soledad Alastuey), “Energía abstracta” y “Autodisciplina” permitía adivinar una inclinación hacia cierto orden ascético, de pobreza casi mística, rigor y conocimiento interior.

La traslación instantánea de estas nociones en puestas performáticas de resistencia y concentración marcaron el rumbo general que tomaría su trabajo durante sus primeros años. El cuerpo, para Romero Gunset, siempre fue la puerta de acceso principal a la imagen psíquica, una línea de entrada a la trastienda de la visión subjetiva.   

Así, acciones prematuras como “Primitiva” (2011) ya sugerían el orden dialéctico desde el cual habría de enunciarse: explosiones de movimiento disfuncional y entrópico se entremezclan con rutinas firmes, sistemáticas y repetitivas como mantras. A la pregunta de qué es lo que puede hacer un cuerpo, las obras de esta artista la responden con un espectro interminable de oscilaciones físicas —a veces intensamente exteriorizadas, a veces introspectivas— que por lo general dejan su marca no solo en la realidad neuro-psíquica sino también en el entorno espacial donde se desarrollan.

Entre esas primeras intervenciones también está “Roto”, su recordada participación en el Premio Petrobras de 2011 en la que invirtió cuarenta y nueve horas, distribuidas a lo largo de siete días, en destruir 60 libros, 2 licuadoras, 100 botellas de vidrio, 2 camas y 5 máquinas de fotos (entre otras cientos de cosas) adentro de una habitación saturada de objetos. O “El límite está dado por el tiempo”, una especie de aparato de relojería humano movilizado por el propio cuerpo de la artista durante cuatro horas ininterrumpidas en una sala del Museo Nacional de Bellas Artes, en 2015.

Pero la indagación puramente corporal, de a poco y como quien avanza en su camino hacia la iluminación, fue abriéndole paso a nuevas inquietudes que se proyectaron sobre otras dos esferas: la teoría, por un lado, y el cuerpo de los demás por el otro.

“Método S1”, la obra que presentó en arteBA en 2015, la encontró dándole forma a —justamente— un método, el prototipo de su viraje hacia la posibilidad de pensar un sistema integral que, desde el arte, pudiera ofrecer soluciones al problema de la subjetivación moldeada por el poder. Aquella obra, que incluyó sesiones motivacionales de tono agresivo, casi castrense, exhibió también una serie de diagramas y definiciones gráficas sobre la naturaleza de la felicidad y cómo obtenerla.

“La alegría es la experiencia de la potencia; la potencia es la capacidad de afectarse y componerse” decía el afiche que anunciaba la base filosófica de su método racional. Esta idea de componerse a uno mismo a través de la acción autogestiva tiene que ver con la desubjetivación y con la percepción radical de la propia conciencia como subproducto de la acción de un poder externo. Los momentos en los que el yo se encuentra erguido frente a sí mismo, presente, son apenas breves chispazos. Más allá de la culpa (mental, física) o de los sentimientos de inadecuación, es difícil replegarse hasta conseguir interpelar el núcleo de la imagen psíquica del poder. Romero Gunset aspira a volver reconocibles esos momentos, a trabajarlos como si fueran materia, a darles color y forma.

Obras como “La pregunta es colectiva”, “Todo es performance” o “Pensar sola es criminal”, intercambian elementos entre ellas como si fueran parte de una misma continuidad. A saber, además de ser todas operaciones colectivas en las que la audiencia pasa a tener un rol activo fundamental (en lugar de enfocarse en el cuerpo de la artista), reaparecen con firmeza formas como EL CUBO AZUL, EL CÍRCULO ROJO y LO VERDE DEFORME, cada una representando, en sus propias palabras, “un concepto codificado; las características físicas de los objetos presentes no son determinados por el azar sino que son el objeto de estudio de mi investigación”. En la creación de este lenguaje de equivalencias cromáticas y geométricas radica el futuro como sistema transmisible de impresiones en el que la labor de Romero Gunset se fue convirtiendo gradualmente.

Entre preceptos fuertes, postulados y refutaciones, cada vez más su trabajo empieza a parecerse a una serie de certezas difíciles de abandonar. En este sentido Romero Gunset no se amilana frente a la perspectiva de que su cuerpo de obra sea leído como una investigación en progreso, a la par de otros métodos de exploración de la conciencia y la verdad. No sería de extrañar que de acá a un tiempo no muy lejano se decida a compilar en forma de tratado o de manual las instrucciones para que cualquiera pueda encarar el aprendizaje de este sistema. Y si bien el arte funciona como eje ordenador y piedra basal, da la impresión de que ideas como estas resultan a veces demasiado grandes como para ser contenidas en un medio de circulación social tan limitada.

En tiempos de sobreproducción de bienes materiales y cognitivos, el cerebro colectivo da signos de estarse enfrentando a los límites de su propia capacidad absorbente. “Ante la crisis de la subjetividad contemporánea” dice Romero Gunset con la precisión dramática de una filósofa, “pienso en la magnitud de las dificultades éticas del sujeto actual, que debe autosustentarse en escenarios cambiantes y frágiles, donde solo cuenta consigo mismo”. Quizá los límites del arte estén demasiado próximos para esta obra y en un futuro deba saltar hacia otros soportes; multiplicarse como las palabras de una profeta que tiene el cuerpo y la mente encendidas para poder ayudar a ese sujeto contemporáneo que, víctima del poder y del tiempo, solo cuenta consigo mismo.

Alejo Ponce de León  

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